Me dijo que no se había traído las gafas de ver bien, y bien, pensé que todos tendríamos que tener unas gafas de ver bien, si bien, unos las necesitarían más que otros.
Así, con este nuevo punto de vista, fui al establecimiento establecido para tal menester y cuándo me preguntaron para qué quería las gafas, les dije que las quería para ver de cerca a las personas, para ver a las personas cercanas. Unas gafas que vieran personas en vez de ver gente. Las gafas para no perder de vista lo realmente importante, para ver en grande la letra pequeña de los que se anuncian en grandes letras. Unas lentes que sirvan para dar el visto bueno a lo bueno que hemos visto. Unas gafas de alegría progresiva. Esas gafas de lejos que, de lejos serían las mejores gafas que un hombre pudiera tener.
Me dio las más bonitas, y aquí la sorpresa, pues en cuanto me
las puse lo vi todo claro, y claro, me asusté.
Me había vendido las gafas un ciego y es evidente que un
invidente no es, en asuntos de ver, el más instruido.
Me fui sorprendido. Pero las sorpresas me seguían, pues al girar la esquina un ciego casi me
atropella, y otro que me esquiva, y otro que gritaba que me apartara.
Asustado y enfadado entré en un bar dónde la afición, ciega
de ira, le gritaba a una pantalla en la que un ciego gobernaba. Nos vendía un
país para ciegos y nos recomendaba las gafas de entre ver y no ver. El bar
elegía beber. Y aunque era una
democracia de libre elección, la elección era que, o te ponías sus gafas o
cerrabas los ojos. Pero yo con sus gafas lo veía todo muy claro y si cerraba
los ojos, lo veía todo negro.
Al final
todo el mundo mira por el cristal del que te los vende y el que te los vende
sólo mira por él.
Yo tengo
la elección aprendida. Me he deshecho de mis gafas, para lo que hay que
ver..
JO NI CAS - @7iete – Tomás Muñoz
