Yo era un tipo triste.
Era un tipo tan triste que por eso caminaba como las personas que caminan tristes. Y como cada día ahí estaba él, en señor, un sombrero, una gabardina de los pies a la cabeza y un saxofón. Era un señor mayor, de edad indefinible, pero mayor. Sus canciones siempre me transportaban a momentos y situaciones de mi vida, por alguna extraña razón siempre acertaba con sus canciones mi estado de animo y me llevaba a sitios en los que ya había estado. Yo iba al trabajo como cada día, más bien triste y arrastrado a una vida aburrida y monótona, pero ese día era diferente. En un impulso me acerqué a él y le dí una moneda. Me sentí bien. Me fui a trabajar y me concentré en mi, pero cuando salí del trabajo volví a oír otra vez esa canción que formaba parte de mi vida, al pasar junto a él, extendió su mano y me devolvió mi moneda. Además es verdad que era la mía, la reconocí por un extraño punto negro que tenía en una de sus caras. No entendí el porqué, pero cuando lo hizo me miró y en sus ojos pasaron secuencias de mi vida, en ese momento fue un shock, pero esta escena se fue repitiendo día a día, yo le daba siempre la misma moneda, él me la devolvía y me acostumbré a su mirada y al extraño comportamiento que habíamos adoptado como nuestro. No siempre tenemos que razonar o comprender todo.
Uno de esos días, después de que me devolviera nuestra moneda, fui a comprar el periódico. Un hecho cotidiano si no fuese porque pagué con esa moneda. El encargado me dio el periódico y me devolvió la moneda.
Todo muy extraño.
Queriendo saber, pero con el miedo a saberlo, me fui al bar y pedí un café. Pagué y cuando me iba una señorita salió del bar diciéndome:
- Caballero, me parece que se ha dejado usted esta moneda
- El café...
- Lo siento, el dinero es suyo, no se lo puedo coger.
Era domingo y me despertó una conocida melodía. Era él, pero no estaba.
Fui hacia el portal donde solía estar "mi amigo" pero ahí no estaba. En su lugar mi primera novia, el viejo profesor de sociales, las miradas de mis abuelas, los cromos del fútbol, unas botas, una pelota, mis primos, mí apéndice, mis dientes de leche y amigos del instituto menos Juan. Estaban tal como los dejé en su día. Les dí la moneda, me uní a ellos y cuando marché me la devolvieron.
Supe entonces que los recuerdos pertenecen solo a uno mismo, que tienen mucho valor pero no los puedes comprar.
También recordé que entre mis recuerdos no lo había recientes. Supe lo que tenía que hacer.
Me fui a la tienda de instrumentos y compré con nuestra moneda mi viejo saxofón.
Habría quedado muy bien en Le Nouveau Fanzine. No dejes de escribir NUNCA
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